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sábado 21 de noviembre de 2009

LA MEDITACIÓN

Meditar no es orar ni hacer un discurso mental, como piensan muchas personas. Para el estudiante de misticismo, meditar es diferente. La meditación está compuesta por tres importantes ejercicios: la concen-tración, la meditación y la contemplación. Por medio de la concentración, el estudiante aprende a aislar un objeto de todos los estímulos circundantes, hasta conseguir que este solo objeto sea todo lo que su conciencia contiene.

No debemos confundir la fuerza de voluntad con la concentración, ya que para concentrarnos es necesario que estemos pasivos y, cuando empleamos la voluntad, se requiere mucha energía. Al con-centrarse, el Ser Interno se posesiona del pensamiento o de la idea y lo vive, lo presiente, viéndolo y sintiéndolo posiblemente con toda la vitalidad que una cosa viva pueda tener.

Cuando medita, el místico deja que el objeto en el que concentraba su mente irradie espontáneamente todos sus componentes hasta descubrir en él lo Universal.

Así, por ejemplo, si meditamos en una rosa, la imagen de ésta iría "irradiando" de ella el color, la fragancia, la textura delicada y tierna de sus pétalos, hasta llegar a la planta, sus espinas que lastiman en contraste con la flor, la vida del rosal del que forma parte.
En fin, al concentrarse en la rosa llegaría hasta el misterio de la vida por medio de sus irradiaciones.

Notemos que la meditación hace que el que la práctica se cargue de una gran energía. Por eso meditan los grandes místicos y maestros, y en el objeto de su concentración captan la plenitud universal, la unidad con lo Cósmico. No tienen que hacer discursos mentales que agotan el cerebro y no producen energía, sino más bien cansan, agotando los recursos que producen energía.

Hay quienes necesitan de estímulos externos para procurar una mejor concentración y para poder meditar; por ejemplo, en las religiones de la India se utilizan los "Mandalas" (cuadros geométricos con figuras religiosas o naturales que motivan la concentración).En la contemplación que es, si se quiere, la tercera fase de la meditación, el místico se une a lo contemplado y recaba en su ser todo cuanto el objeto de su contemplación ha irradiado hasta llegar a la pureza de su razón de ser, a su esencia verdadera.

Meditar es una práctica que nos conduce a un estado superior de conciencia, permitiéndonos establecer contacto con los estados superiores de consciencia que irradian de Dios y dan vitalidad a la mente y a todo lo que existe. Al meditar tratemos de estar en armonía con la Consciencia Cósmica: así sentiremos que somos un segmento del Alma Universal, unida al pasado, al presente y al futuro.